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ISSN 1989-4163

NUMERO 45 - SEPTIEMBRE 2013

Cuando Holmes Entró en Casa (Los Vicios Privados de Sherlock Holmes)

Jesús Zomeño

            Cuando Holmes llegó a casa, estaba eufórico por el espectáculo de Peter Mulrooney, el carnicero del 96 de Essex Road.

            -Ha sido fantástico, Watson. No entiendo lo que ha podido retrasarle –dijo entrando en el dormitorio.

            Charleen Payne estaba tendida desnuda bocabajo en la cama, mientras frotaba con la planta del pie el pene y los testículos del doctor Watson, quien se inclinaba de rodillas para meter la cabeza entre las piernas de ella. Holmes, sorprendido, se preguntó si estaría lamiéndole el ano o el clítoris, pero eso era un detalle menor que no debía distraerle de lo esencial que venía a contar.

            -El pobre hombre tardó en confesar el nombre de su cómplice, pero en sus últimas palabras pidió perdón a Dios para él y para su esposa por lo que habían hecho juntos.

            Watson se incorporó ofendido pero escuchó que, curiosamente, a la señora Payne le excitaba la irrupción y había aumentado el ritmo de los gemidos y las convulsiones pélvicas, lo que hizo que, tras una leve vacilación, el doctor volviera a meter la cabeza, con la lengua fuera agarrotada por la rabia.  Ella tubo un orgasmo dentro de la boca de él. Por distraer su propio orgasmo, el doctor pensó que la señora Payne estaba casada y que sus pies eran tan grandes como los de un estibador del puerto.

            Holmes se sentó en el sillón que había a un lado de la cama y encendió su pipa, porque lo que venía a contar requería calma y tiempo.

            -Ya previne al inspector Lestrade de que eso ocurriría, que el asesino denunciaría a su cómplice cuando se viera obligado a elegir entre mantener el encubrimiento o la santidad de morir libre de pecado. Sin embargo, no había que proporcionarle un sacerdote para evitar que confesara en privado. Yo mismo me disfracé de cura y me puse a cuatro metros delante de él, donde me viera perfectamente cuando le pusieron la soga al cuello. Los católicos irlandeses son predecibles.

            A ella le hubiese bastado, porque estaba exhausta, pero Watson seguía furioso y al separarse encontró delante de él el esfínter de Charleen dilatado y encharcado en saliva, por lo que sin pedir permiso la penetró como si violara a Holmes, tan impertinente siempre. Sin embargo, ella gimió de placer y condujo las manos de él a sus pechos. Watson tenía decidido echar a Holmes mostrándose todo lo soez que pudiera y por eso comenzó a pellizcar los pezones de la mujer para hacerla gritar, mientras la golpeaba en sus entrañas por detrás. Ella aumentó sus convulsiones, aceptando que la tratara como a una perra, según ella imaginaba que hacían el amor los animales.

            La señora Charleen Payne era la esposa del párroco de St. James’s Picadilly, un hombre austero que presumía de beber sopa sin levantar la cuchara, porque decía que el placer del alimento era un ejercicio de la mente. No obstante, ella, al parecer, se entretenía demasiado con la cuchara.

            -Tanta austeridad sobrepasa la hipocresía –se había quejado de su esposo aquella tarde cuando acudió al doctor Watson aquejada de un extraño dolor en los pechos.

            -Las hormonas le harán estallar el corsé, si me permite explicarlo así, es cuestión de fluidos a los que hay que darle salida, para aliviar la tensión y la enorme corona que ha crecido en sus pezones –le había contestado Watson, más preocupado por desnudarla que por conocer la opinión que ella tuviera de su esposo.

            -Cuando creo que está acariciándome por encima del camisón, descubro que mi marido está tensando los pliegues para que no me rocen y así no me provoquen involuntariamente goce. No admite mi placer y, sin embargo, se masturba de pie delante de mi cada noche, antes de volver a su habitación. Él me explica que cuando un hombre esta satisfecho, la mujer también lo está; que, caso contrario, la mujer lubrica para que la penetren y procura seducir al esposo, apartándolo de sus obligaciones. Dice que el fin ancestral de la mujer es la fecundidad y que se excita solamente para que la fecunden, pero que cuando ve que el hombre ha derramado ya el semen, entonces la mujer pierde el interés y se relaja. Eso me cuenta mi marido cuando se masturba delante de mi cada noche, sin preguntar lo que yo siento.

            Cada vez que le rozaba el pezón para auscultarla, la señora Payne gemía sin poder evitar cerrar los ojos. El doctor Watson era un hombre correcto y el reverendo Payne era además primo suyo, pero aquello excedía de toda prudencia. Lo siguiente que recuerda es estar frente al enorme y perfectamente torneado culo de ella y acariciarlo como si lo amasara con ambas manos, mientras la mujer forcejeaba para agarrarle el pene con ansia de partirlo en dos.

            -Los irlandeses –seguía contando Holmes, ajeno a la sodomización de la señora Payne- son predecibles. Dividen el mundo entre paraíso e infierno, no hay fidelidad entre ellos  porque todos se procuran la salvación personal. Es cierto que hay pasajes en la Biblia en los que se alude a una salvación colectiva, como en el relato del castigo a Sodoma y Gomorra, cuando se advierte que si hubiera al menos un hombre justo en la ciudad ello bastaría para salvar a todos sus habitantes; pero los católicos se han centrado en la salvación individual. Una carrera en la que un padre, al parecer, sería capaz de entrar a disfrutar del paraíso sin ceder su puesto a un hijo suyo. Evidentemente, Watson, yo le cedería mi puesto a usted, porque no tengo hijos, pero si los tuviera siempre cedería con preferencia el puesto a un hijo mío, no entiendo de otro modo el amor y la misericordia. Los irlandeses piensan distinto, por eso el carnicero delató a su esposa en el último momento...

            Watson se crecía dentro de Charleen, mientras ésta miraba a Holmes como si fuera su marido. Estaba tan acostumbrada a las masturbaciones de su esposo, que ahora le excitaba darle motivos.

            -Advertí al inspector que el asesino tenía un cómplice, porque los cuerpos descuartizados habían requerido mucho esfuerzo. La carne se había podrido pero las botonaduras de los cadáveres aún retenían un olor especial. El asesino había desnudado a las víctimas para trocearlas y al desabotonar las chaquetas había dejado impregnado un olor a especias. Sin embargo, entre todas las especias capté el ligero olor a musgo irlandés, también llamado “carragaheen” porque procede de este condado, y que en Irlanda se emplea para fabricar embutidos. Eso me condujo a Peter Mulrooney, el carnicero irlandés de Essex Road, que fabrica embutidos. Cuando lo detuvieron, él negó que nadie le hubiese ayudado pero yo estaba convencido que tenía un cómplice. Había muchas posibilidades, pero no merecía la pena pensar más en ello. Era suficiente con hacer uso de la naturaleza humana. Efectivamente, él mismo confesó cuando ya tenía la cuerda al cuello. Todos lo escucharon perfectamente, sobraban testigos y ya pudieron ejecutarle a él sin perder más tiempo.

            Cuando Watson pensó en la cuerda y en la eyaculación del ahorcado, no pudo contenerse y eyaculó gritando todo lo que pudo. Charleen se dio la vuelta, ansiosa de mucho más, pero Holmes había contado lo que venía a contar y salió del dormitorio, distraído de la escena, diciendo algo acerca del té. Dentro, el doctor Watson se encontró con los pechos de la mujer delante de él y, por obligación, se aplicó con mucho empeño a satisfacerla de nuevo, pero parecía que la mujer, aunque tuvo otro orgasmo, sin público había perdido parte de su interés.

 

Holmes

 

 

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